• MONEMVASIA: Es un trozo de tierra que quiso ser isla pero que se quedó en península. Amarrada al Peloponeso por un hilito de piedras, este pueblo medieval no quiere saber nada ni de Steve Jobs ni de Leo Messi, ni de los deseos para 2020 y mejor, puesto que sus poderosas razones para presumir son sus murallas, su ciudadela de época veneciana, su antigua mezquita y sus iglesias bizantinas. Pero, sobre todo, esa sensación que transmite de formar parte de otro mundo en el que eres bien recibido y en el que te querrías quedar toda una vida.
  • LA CANEA: Estamos ante el enclave carismático de Creta, su localidad más viva, más equilibrada y más visitable. Tiene la herencia lógica de haber acogido a diferentes culturas y eso se traduce en un corazón con iglesias que fueron mezquitas y viceversa, donde brilla la catedral y la mezquita de los Jenízaros o la sinagoga Etz Hayyim. Pero La Canea es sobre todo un puerto al estilo veneciano que levanta la sensiblería de cualquier espartano.
  • RODAS: Tuvo su coloso, lo lloró durante un tiempo prudencial tras el terremoto que lo venció y se olvidó de su rollo griego clásico. Desde aquel entonces, esta localidad estratégicamente golosa por su cercanía a las costas turcas creció influenciada por las diferentes culturas que fueron ocupándola. ¿El resultado? Pues esa mezcla resultona entre la obligación por defenderse y la pasión de hacerlo con buen gusto. Su Ciudad Medieval es la consecuencia de ello siendo el Palacio del Gran Mestro de los Caballeros de Rodas su gran monumento. Y, añorando a su viejo y gigantesco habitante se encuentra el puerto, el único lugar donde se evidencia que Rodas es Grecia, fue imperio heleno y será siempre un amigo por conveniencia del Mediterráneo.
  • ARACHOVA: Pues sí, en Grecia también nieva. Y sí, también tiene pueblos de aspecto navideño enclavados en sus cimas más escarpadas. Arachova es el más ‘chic’ de todos. Hasta aquí suben los niños de bien de Atenas a quitarse el mono de esquiar, a disfrutar de su vida nocturna al borde del precipicio (literal) y a pasear de la mano con sus recientes conquistas. Pero esta localidad tiene más chicha que nieve. Porque además de los encantos rurales que se le presupone por su situación, Arachova tiene un conjunto de iglesias bizantinas famosas en el país por sus perfectamente conservados frescos.
  • PARGA: En la parte más occidental de la Grecia continental se planta Parga. Sus casas suben desde la orilla del mar hasta la colina, colaborando con la naturaleza para formar una postal de libro. Esta simbiosis se refleja también en una cocina marítimo-terrenal que atrae a foodies indecisos en busca de aventuras. A los visitantes más mundanos les atrae más las ruinas de la vieja fortaleza griega e, incluso, subir hasta el suburbial castillo de Ali Pasha para ver mejor este precioso enclave.
  • OIA: No es solo la postal más reconocible de las islas Cícladas, sino probablemente uno de los pueblos más bellos del planeta. Sus deslumbrantes casas blancas se tambalean sobre un suelo volcánico donde no hay una hectárea llana, creando una estampa perfecta. Pero a eso se le suman los techos azulados, completando un mosaico del que no se libran ni las iglesias ni los cobertizos más humildes. Y para rematar el suspiro, el toque más rural y tierno: sus molinos antiguos coronando los puntos más altos del lugar.
  • RETINO: Es el puerto más italinizado y, por lo tanto, más bello de la isla de Creta. Esta influencia le viene de su pasado en manos venecianas, que levantaron una ciudad completita al servicio del comercio. Por eso es indispensable pasearse por su Fortezza, la ciudadela medieval que sigue protegida por viejas entradas y que sigue (des) organizada en nerviosos callejones. También queda para el recuerdo viviente un regio faro pero, sobre todo, ese puerto de colores vivos, gastronomía inquieta y barquitos que suspiran por una vida más accidentada.
  • SKOPELOS: Al margen de Amanda Seyfried, lo mejor de aquel éxtasis pasteloso-nostálgico que fue la peli Mamma Mia eran los decorados de esta isla. Dejando a un lado esa naturaleza tan mediterránea y tan anuncio de cerveza veraniego, aparece su brillante y homónima capital. No es más que un puertecito venido a más, pero los floridos callejones que surgen desde el borde de la bahía dan para perderse más de un día buscando balcones de colores y escaleras donde sentarse viendo el mar en el último escalón.
  • NAUPLIA: La Grecia contemporánea tuvo su primera capital aquí. Esta es tierra de héroes no mitológicos y actuales, de nacionalistas nostálgicos y de un mar Egeo somnoliento. Aunque no ha crecido mucho durante los últimos dos siglos, Nauplia mantiene su postureo capitolino con un casco histórico plagado de casas neoclásicas que confrontan en modales con las tabernas portuarias. Desde estas barras se difruta de una bahía siempre calmada plagada veleros perezosos y con la isla-fortaleza de Bourtzi poniendo la nota discordante y definitiva a la estampa.
  • PAPINGO: Justo al otro lado del topicazo griego, de las casas blancas y del mar azul se levanta Papingo. Su look es más el de un pueblo pirenaico que sufre tanto el sol como las inclemencias del invierno montañoso. Porque Papingo es sobre todo pizarra a cascoporro y callejuelas empedradas. Y luego los privilegios que tiene como mirador de una naturaleza tan abrupta como hermosa con sus cumbres nevadas y sus riachuelos de aspecto élfico.

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