Pongamos por un momento que el ser humano decide explorar por fin el interior de los agujeros negros por el procedimiento de entrar en uno. Un equipo de científicos ha realizado un estudio en el que llega a una interesante conclusión: si vas a saltar a un agujero negro, mejor que sea super masivo.

Obviamente, el estudio no abunda en datos sobre qué pasará una vez estés dentro. Nadie sabe qué ocurre dentro de un agujero negro precisamente porque ninguna información escapa de él, pero hace una observación interesante sobre uno de los múltiples peligros a los que un eventual explorador humano debería enfrentarse: la diferencia de fuerzas gravitatorias.

En un artículo publicado en The Conversation, los físicos Leo Rodríguez y Shanshan Rodríguez, del Grinnnel College de Iowa explican que hay diferentes tipos de agujeros negros en el universo, pero para su explicación los relevantes son dos. El primero de estos agujeros negros hipotéticos es pequeño, con una masa similar a la del sol. El segundo es un monstruo como el que tenemos en el centro de nuestra galaxia, con una masa equivalente a 4 millones de veces la de nuestra estrella.

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La idea de zambullirse en algo semejante resulta pavorosa, pero hay una buena razón por la que querríamos hacerlo en lugar de entrar en el pequeño, y es que el super masivo por lo menos no nos hará pedazos al entrar. Que muramos de forma horrible por cualquier otra causa ya es otro asunto, pero desde el punto de vista del tirón gravitatorio, el super masivo es la mejor opción.

La razón es la distancia entre lo que es el agujero negro en sí mismo y el denominado horizonte de eventos, que es el limite a partir del cual ya nada escapa al tirón gravitatorio del agujero negro, ni siquiera la luz.

En un agujero de masa solar, el radio entre el agujero negro y el horizonte de eventos es muy pequeño, de apenas 3,2 kilómetros. Eso significa que si una persona se zambulle en él, digamos, con los pies por delante, el tirón gravitatorio que sufrirá en sus pies será billones de veces superior al que sienta en su cabeza. En la práctica eso supondría que el cuerpo del infortunado viajero sufriría un proceso de espaguetificación que lo desintegraría mucho antes de alcanzar el agujero negro.

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En un agujero negro supermasivo, por el contrario, el radio entre el agujero negro y su horizonte de eventos mide miles de millones de kilómetros. Eso implica que la diferencia de tirón gravitacional para un objeto tan pequeño como una persona (o una persona en su nave espacial) es cercano a cero.

Los autores del artículo también especifican otra condición que sería bastante deseable, y es que el agujero negro en el que vayamos a entrar esté aislado. En otras palabras, que no tenga disco de acreción. La razón que esgrimen es que los discos de materia que rodean a los agujeros negros cuando están en el proceso de devorar planetas o estrellas son turbulentas tormentas de plasma a altas temperaturas y materia a gran velocidad. Navegar uno de esos discos tiene que ser algo en extremo y peligroso.

El artículo cierra con una conclusión bastante pavorosa. Sea lo que sea lo que un viajero vea al entrar en un agujero negro, nunca podrá contárselo a nadie. Que sepamos, ese viaje es solo de ida. Quizá, si tiene mucha suerte, el explorador alcance otro universo, pero en este será difícil que volvamos a saber de él.

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